¿Es este el comienzo de una nueva guerra del Líbano?

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado EL MUNDO ENTRE LÍNEAS

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Edificio bombardeado en el bastión de Hezbolá en Beirut.
Edificio bombardeado en el bastión de Hezbolá en Beirut. Mohamed Azakir | REUTERS

21 sep 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Para entender mejor lo que está sucediendo ahora mismo entre Israel y Hezbolá hay que retrotraerse brevemente al año pasado. Tras el ataque de Hamás del 7 de octubre, los israelíes temían que la milicia chií aprovechase su desconcierto para lanzar ataques en la frontera norte y así obligarles a dividir sus fuerzas. Nunca se pensó que Hezbolá fuese a invadir Israel. Lo que preocupaba a Tel Aviv era que intentase un secuestro en masa como el que había llevado a cabo Hamás o que lanzase una lluvia de misiles sobre sus ciudades. No sucedió ninguna de las dos cosas. Hezbolá se limitó a los clásicos duelos artilleros que han sido una constante desde hace veinte años. Esto ha perjudicado a Israel, porque le ha obligado a desalojar del norte del país a decenas de miles de sus ciudadanos, pero a la vez ha puesto en evidencia que Hezbolá no estaba dispuesto a hacer más que lo mínimo para mostrar su solidaridad con Gaza sin arriesgarse a una confrontación directa con el Ejército israelí como la del 2006. Es más bien Israel quien desde el 2006 especula con una nueva invasión del Líbano que, a diferencia de lo sucedido entonces, ponga fuera de juego a la milicia chií. Hace tiempo que los estrategas israelíes llegaron a la conclusión fatalista de que esa guerra es inevitable y que tan solo se trata de elegir el momento más propicio para iniciarla.

¿Ha llegado ese momento? Evidentemente, eso solo lo sabe el alto mando israelí. Los signos externos son más ambiguos de lo que pudiera pensarse. El ataque masivo de esta semana a los dispositivos electrónicos de Hezbolá, y los bombardeos de ayer en el Líbano (incluyendo la eliminación del número dos de la milicia) podría ser maniobras preparatorias para un ataque, pero también encajan (quizá mejor) con la hipótesis contraria: la de que Israel, todavía embarcada en la campaña de Gaza, no piensa invadir el Líbano por ahora y, precisamente por eso, quiere establecer con toda claridad (y brutalidad) su capacidad disuasoria. Puede parecer contraintuitivo, esto de provocar al contrario cuando no se quiere la guerra abierta, pero históricamente ha sido una táctica habitual de Israel. En este caso, con toda seguridad, está basada en abundante inteligencia acerca de la toma decisiones dentro de Hezbolá. No es, pues, imposible que los chiíes lancen una tormenta de misiles que acabe conduciendo a la guerra, o que Israel decida iniciarla hoy mismo o mañana, pero lo más probable es que Hezbolá se tome su tiempo para reconstruir su red de comunicaciones y que Israel no tome ninguna decisión antes de completar sus operaciones en Gaza, lo que no le está resultando fácil. En el fondo, esta clase de conflictos eternos, como el de Israel con Hezbolá (o el de Israel con Hamás), hay que verlos como largas «guerras de desgaste» en las que los bandos no aspiran a una victoria definitiva sobre el contrario sino a una acumulación de victorias tácticas puntuales que produzcan una sensación pasajera de éxito cuando, en realidad, no son más que un «toma y daca» que se prolonga interminablemente.