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Alexéi Navalni, el último mártir del «feudo» de Vladimir Putin

Brais Suárez

ACTUALIDAD

Alexey Navalni durante una manifestación por unas elecciones justas en el 2012.
Alexey Navalni durante una manifestación por unas elecciones justas en el 2012. Sergei Karpukhin | REUTERS

El disidente ruso murió, a los 47 años, en una prisión del círculo ártico. Más de cien detenidos esta noche en acciones de repulsa por su muerte.

17 feb 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Por muy obvios que fueran su declive físico y el acoso y derribo en su contra, la muerte en prisión del abogado, bloguero y disidente ruso Alexéi Navalni no deja de causar un estremecimiento, una náusea ante la (otra) constatación del horror ruso.

Este viernes, el Servicio Federal Penitenciario del Distrito Autónomo de Yamalo-Nenets anunció la muerte, a los 47 años, de su recluso más mediático: «Se sintió mal después de un paseo, perdiendo el conocimiento casi al instante». Aunque todavía se investigan los motivos del deceso, fuentes oficialistas, censuradas en la Unión Europea, apuntan a un coágulo sanguíneo. La víspera, un vídeo mostraba a Navalni en aparente buena forma y sonriente con uno de sus abogados.

El disidente había sido trasladado en diciembre a la colonia penal IK-3 de Jarp, en el círculo ártico y heredera del gulag. Para entonces, Navalni ya solo era una noticia esporádica y protagonizaba fugazmente titulares que, hace no mucho, se extendían durante semanas.

Se resumen en que, en agosto del 2023, fue sentenciado a 19 años de prisión tras ser declarado culpable de delitos de extremismo, vinculados al Fondo Anticorrupción (FBK), que él creó y cuyas investigaciones catapultaron su fama por todo el país. Solo un año antes, se le había condenado a nueve años de reclusión estricta, acusado de robar más de 4 millones de euros donados a sus organizaciones, prohibidas por el Gobierno, y desacatar a un tribunal. Sentencias que se sumaban a la del 2021 (por los casos de estafa a Yves Rocher y Kirovles) y otras previas, desde el 2011. Dentro y fuera de Rusia se denunció que los casos pretendían impedirle concurrir a las elecciones.

No faltaban motivos para ver en él una amenaza. Desde hace 15 años, sus problemas con la justicia fueron constantes y alimentaron una figura cuya proyección crecía gracias a un carisma impensable entre las rígidas élites rusas. Contra ellas se dirigieron sus dardos desde el inicio, cuando empezó a desvelar las grandes tramas de corrupción que sostenían a la oligarquía. Su discurso era el de un populista agresivo, que desafiaba al poder pero compartía posturas racistas hacia las minorías étnicas o los inmigrantes.

Como nacionalista, apoyó también la anexión de Crimea en el 2014, pero desde entonces prevaleció su inteligencia: consciente de la necesidad de apoyos extranjeros y de ganarse al público joven, moldeó su discurso hacia la defensa de las libertades individuales y la lucha contra la corrupción, ideas que diseminó a través de una extensa red de activismo político y un genial uso de la comunicación digital. Su intención era clara: unirse para derrocar a Putin, al que acusó de «chupar la sangre a Rusia» mediante un «estado feudal».

Su participación en política, con todo, se limitó a las elecciones municipales moscovitas del 2013, donde fue segundo tras liderar las mayores protestas desde la caída de la URSS, con hasta un millón de participantes. El mito, junto a otros como el de Boris Nemtsov (asesinado frente al Kremlin), se hizo realidad, pero se le impidió competir contra Putin en las elecciones del 2018. Fuera de las urnas, el enfrentamiento escalaba.

En el 2020, Navalni fue envenenado en un vuelo interno, y él mismo, con un alarde de su carisma e ingenio, logró identificar a sus agresores, miembros del FSB que confesaron por teléfono creyendo que hablaban con un superior. Recuperado en Berlín, Navalni regresó a una Rusia más sombría, que lo encarceló por haber violado su libertad condicional (mientras estaba en coma). Ya no volvería a estar en la calle, pero desde la cárcel lanzó su gran última investigación sobre el palacio de Putin, que dañó seriamente al presidente.

Si el intento con novichok llevaba la firma del Kremlin, esta muerte por desgaste no es menos sádica. En esa constante de la historia rusa que es el exilio, a menos 15 grados y a dos mil kilómetros de su casa, el mártir pereció aplacado por el olvido. Para una cultura política fundamentada en los líderes, la decrepitud y lenta muerte de Navalni son de un enorme simbolismo y refuerzan el concepto putinista de una Rusia «feudal», trituradora de humanos e indiferente a la indignación que algo así pueda producir internacionalmente a solo un mes de las elecciones presidenciales que apuntan al eterno dirigente como ganador.