La legislatura del cambio de opinión

Francisco Espiñeira Fandiño
Francisco Espiñeira SIN COBERTURA

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El presidente en funciones del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al canciller alemán y presidente de los socialistas europeos, Olaf Scholz, y el candidato del partido laborista de Países Bajos, Frans Timmermans.
El presidente en funciones del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al canciller alemán y presidente de los socialistas europeos, Olaf Scholz, y el candidato del partido laborista de Países Bajos, Frans Timmermans. JON NAZCA | REUTERS

12 nov 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

No han pasado ni unas pocas horas y ya está el PSOE desmintiendo los mismos acuerdos que ha firmado Pedro Sánchez de forma directa o a través de las manos interpuestas de Santos Cerdán y María Jesús Montero. Resulta que uno lee los papeles remitidos por los propios partidos y no puede parar de llevarse las manos a la cabeza: revisiones de sentencias de corruptos bajo la figura del lawfare que supone convertir en prevaricadores a cientos de jueces, ruptura de la caja única de la Seguridad social que amenaza el futuro de las pensiones, condonación de deudas millonarias que los dirigentes independentistas decidieron utilizar para malversar en campañas de promoción secesionista en lugar de mejorar la sanidad o la educación, creación por la puerta de atrás de una especie de cupo catalán que multiplicará la desigualdad en España, una amnistía que recoge tantas mentiras históricas como un falso relato del 1-O... El listado se hace tan largo como los 27 votos que el PSOE ha tenido que negociar para conseguir que la derrota en las urnas del 23J se camufle en un Gobierno de circunstancias con un horizonte incierto.

Ya hemos visto en esta negociación que el PSOE, pese a renunciar a muchos de sus principios fundacionales y a los defendidos durante el último lustro por Pedro Sánchez y sus colaboradores más cercanos, va a sufrir con las exigencias de sus teóricos aliados, entregados a una competición entre sí para ver quién llega más lejos. Y aunque los socialistas intentan disimular todas sus concesiones, los independentistas ya han avisado de que «la estabilidad se gana día a día» o que Sánchez durará tanto como sea capaz de cumplir con sus promesas.

Sánchez celebró su victoria parcial entre los aplausos de los alicaídos socialistas europeos presentándose como un dique contra la ultraderecha y abrazándose en la distancia al luso António Costa, víctima de las sospechas de corrupción, pero ejemplar en su dimisión nada más verse salpicado por el escándalo. Pedro Sánchez prefiere no mirar hacia la política interior —aunque varios centenares de manifestantes le silbaban a las puertas de la convención—, quizá porque estará pensando cómo va a explicar a sus teóricos aliados los «cambios de opinión» que tendrá que colarles si no quiere que la arquitectura política del Estado español salte por los aires tras 45 años de progreso y convivencia. Sánchez ni siquiera tiene el apoyo de todos los suyos —apenas la mitad de la militancia le respaldó en la consulta interna—. Y hoy tendrá una medida directa del rechazo que su plan para seguir en la Moncloa despierta en casi toda España. Buen motivo para reflexionar en el Falcon antes de la investidura de la legislatura de los cambios de opinión.