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Anna Freixas, gerontóloga, autora de «Yo vieja»: «No quiero que mi nuera me limpie el culo, que lo haga mi hijo»

ACTUALIDAD

Alisa Guerrero

Con sus libros «Tan frescas» y «Yo vieja» abrió un melón para reivindicar la libertad de las personas mayores, en especial de las mujeres. «Los abuelos no tienen que cuidar sistemáticamente de los nietos; eso no es amor, es explotación», defiende

10 nov 2023 . Actualizado a las 16:52 h.

Anna Freixas (Barcelona, 1946) es gerontóloga, profesora y doctora honoris causa por la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla. Autora de libros como Tan frescas y Yo vieja ha defendido y reivindicado la libertad de la gente mayor. Especialmente la de las mujeres, que siguen atrapadas en un modelo de sociedad donde cargan con los cuidados de toda la familia. Viuda y con un hijo, Anna dispara verdades en cada respuesta con una lucidez que cualquier vieja querría para sí.

—Tenemos instalada la idea de que los abuelos deben cuidar obligatoriamente de los nietos. ¿Qué piensas?

—Yo creo que los abuelos, como cualquier persona, no «tienen que» nada. Cada uno que se relacione como desee y necesite, porque no todo el mundo siente el amor por los nietos. Los nietos están muy bien para quien quiere, pero no lo entiendo como un imperativo ni siquiera moral. Una cosa es que cuando tengas un problema con el niño y necesites una mano, tus padres te la echen, porque es una solución fácil y cómoda, y otra que tu padre y tu madre tengan que ser los sustitutos de un cuidado sistemático, que si no estuvieran, tú pagarías, o resolverías o negociarías con tu pareja, eso no me parece. Este es un amor mal entendido, una perversión del concepto del amor. Yo te puedo querer mucho a ti, pero no tengo por qué cuidar de tus hijos todos los días a las siete de la mañana.

—¿Es una forma de esclavitud? Los abuelos, sobre todo las abuelas, nunca se liberan así de cuidar a lo largo de toda su vida: primero a los hijos y después a los nietos.

—Es un atraco a mano armada, que efectúan los hijos en nombre del amor. El amor es «yo te quiero, te cuido», pero no «yo te exploto». Si realmente los hijos quisieran a sus padres, no los explotarían. Los utilizarían en el momento en que hicieran falta, de la misma manera que los padres pueden pedirles que les ayuden en lo que sea. Pero yo, como madre, a ti hija no te voy a pedir que todos los días a las siete de la mañana vengas a rascarme la espalda. Sería una explotación. Pero si yo, abuela, tengo que ir temprano a cuidar de tus hijos, entonces no es explotación, es amor. Es un poco gracioso, ¿no?

—Es verdad que muchos abuelos ya se ponen por delante y se ofrecen. ¿Es una relación viciada?

—Yo creo que al menos ahora se habla de ese tema y se cuestiona. Pero donde hay que poner el acento es en los hijos y en las hijas, son ellos los que demandan o aceptan un ofrecimiento. Son ellos los que tienen que poner pie en pared y decir: «No, mamá, el día que me hagas falta yo te lo pido; pero sistemáticamente no». Los abuelos pueden tener su vida propia y luego elegir llevarlos a merendar o recogerlos un día en el cole... Desde luego son los hijos y las hijas los que deben hacer una reflexión.

—Hemos pasado del modelo «Cuéntame», de tener a la abuela en casa, a tu generación, en que la mayoría queréis envejecer solos en la vuestra.

—Sí, porque hay una diferencia entre las generaciones anteriores y la mía. En la mía las mujeres empezamos a tener pensiones, y pensiones buenas. Muchas veces ese núcleo familiar se debía a que eran mujeres que se habían dedicado a la casa, e injustamente no habían tenido pensión, y por lo tanto, no podían vivir por su cuenta. En cuanto la gente tiene un poco de dinero y puede vivir así, y tiene salud, pues la elección normal es vivir por tu cuenta. En una distancia cerca, pero lejos.

—Lo que has reivindicado en tu libro es el término «vieja», que podamos hablar sin ese lenguaje diminutivo y ñoño con la gente mayor.

—Es que en realidad el término vieja significa que no te has muerto, que eres una persona que ha vivido muchos años. En sí misma esta palabra no tiene por qué tener una connotación negativa, pero la sociedad se ha cuidado de connotar negativamente la vejez. Es solo el final de la vida, el final de la vejez es la muerte, pero cuando nacimos ya sabíamos que nos íbamos a morir. Así que cuanto más tratemos de disimular esa palabra, más la connotamos negativamente.

—Dinos alguna ventaja de ser viejos.

—Por ejemplo, tienes más equilibrio emocional, más experiencia y, por lo tanto, puedes relativizar mucho las cosas. Eres mucho menos dramática, tienes mucho más sentido del humor y más tiempo para ti. Puedes leer, viajar, si tienes un poquito de dinero y salud. Hay un montón de actividades dentro de los centros cívicos, de las asociaciones vecinales. Hoy, si los viejos y viejas parásemos, el mundo no podría funcionar. No sabes la cantidad de puestos de trabajo que estamos generando, así que la gente debería estar contentísima de tenernos a todos pululando por ahí.

—¿Y el sexo?

—La sexualidad de los hombres y las mujeres es diferente, y paradójicamente, al revés de cómo se ha sostenido. Se ha dicho que los hombres tenían una sexualidad hasta el infinito y es mentira. Los hombres tienen problemas para tener relaciones sexuales a partir de una edad y en ese momento o transforman su sexualidad en una relación más erótica y menos penetrativa o lo tienen fatal. En cambio, nosotras tenemos capacidad para tener placer sexual hasta dos minutos antes de morirnos. Otra cosa es que queramos tener sexo y con quién. Pero, claro, la sociedad lo planteó siempre al revés: las mujeres después de la menopausia pierden el deseo. Pues unas sí y otras no, como antes de la menopausia. Hay una concepción de la sexualidad muy patriarcal y muy de coito. Es mucho más. La clave de la sexualidad en la edad mayor es la calidad de la relación, las mujeres cuando estamos enfadadas o disgustadas, no queremos. La sexualidad en esta etapa es posible, siempre que se pueda y no haya problemas de salud.

—Al mismo tiempo tú dices que no se puede ser una vieja enrollada, si siempre una está en contra de su cuerpo: pendiente de las arrugas, de la dieta...

—Estas son las enormes dificultades que tenemos las viejas para ser felices pudiendo tener todo: sexualidad, nietos cuando nos diera la gana, el cuerpo que nos diera la gana, pensión, salud, las canas... Podríamos ser inmensamente felices, pero fíjate el diseño patriarcal cómo todo lo tuerce: la sexualidad, la relación con los hijos y nietos, la relación con tu cuerpo... Todo lo que pretenden es que no seas una vieja libre, ¡y es muy difícil ser una vieja libre!

—Has dado titulares como «los hijos no nos deberían querer tanto». ¿En qué sentido?

—Para mí un hijo o una hija que explota a su madre no la quiere. No es amor, es tiranía. Yo ese amor no lo quiero. Quiero el amor de mi hijo cuando me dice: «Gástate el dinero que quieras, disfruta, vive libre, sube al Pirineo, o estréllate si quieres». Pero como yo le dije a él en su momento, no le dije: «Estréllate», pero sí le di la libertad para que lo hiciera. Si amar es limitarte, este amor no nos conviene, nos conviene el amor que nos hace libres.

—Se escuchan frases de gente que dice: «Mi hija me tiene prohibido tomar tal cosa o hacer tal o tener una relación de pareja». ¿Qué te provoca?

—Los hijos tienen una concepción equivocada del amor, querer a un padre o a una madre implica escucharlos, compartir..., claro que puedes opinar. A mí me parece muy bien que me diga que me abrigue, vale, recibo la información, pero no es: «Mamá, no quiero que vayas porque hace frío». Tus hijos tienen que respetar todos tus deseos, hasta el último día: cómo quieres vivir, con quién... Que te quieres estrellar, mala suerte.

—Pero sí defiendes que sean los hijos quienes nos cuiden, igual que los hemos cuidado.

—Sí, pero entiéndeme. Yo no quiero que mi nuera me limpie el culo, quiero que mi hijo me limpie el culo. Porque yo se lo he hecho a él y es su cuerpo y mi cuerpo los que han estado unidos. Pero no la pobre chica que no tiene nada que ver conmigo. Los hijos varones tienen que asumir los cuerpos de sus padres y sus madres, o procurar cuidados, pero en primera persona. No que se escaqueen con las nueras.

—Entre otros consejos que has dado está ese de que las viejas deben peinarse por detrás... [Risas]

—Ja, ja, ja. Ha tenido mucha repercusión. Yo creo que tenemos que mantener el tipo, no puedes arrojar la toalla, las viejas tenemos que mirarnos al espejo y gustarnos. ¿Qué pasa?, que vas por la calle y ves sobre todo mujeres que han estado en el sofá o se han levantado de la cama y se han peinado el flequillo por delante y detrás tienen el pelo completamente chafado. Pero también estoy de acuerdo en que una vieja decida ser un desastre, desde su libertad, pero no desde la desidia de levantar la mano y echar el pelo para atrás. Si decido ser una vieja grunge, perfecto, es mi modelo. Pero sí creo que hay que cuidar las bocas, ir al dentista, no sé, cosas que nos permitan evitar el rechazo de la sociedad...

—El bastón es glamuroso...

—Sí, el bastón nos da libertad. Ayer mismo hablaba con una hermana mía que me decía que si no tenía una barandilla, no podía bajar o subir la escalera. Y le he dicho: «Ha llegado el momento del bastón». Hay que defenderlo con glamur. Nos da seguridad, y yo prefiero llevar el bastón a que alguien me lleve del bracito.

 —El edadismo también llega al currículo, ¿deberíamos no poner la edad?

—Claro, porque mucha gente no puede optar a un trabajo porque resulta que tiene 58. Pues, fíjate, te queda la mitad de la vida por delante y resulta que ahora no puedes trabajar. Aquí iría muy bien también para personas que no han podido tener una trayectoria buena para tener una pensión con más dinero, estaría bien que pudieran trabajar para mejorarlas. En especial para las mujeres que han tenido trayectorias laborales muy discontinuas. A nosotras es a quien más nos afecta y a quien más nos beneficiaría.