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Toda esta familia tiene altas capacidades: «Mis hijos ya sabían leer con 2 años»

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Los cuatro miembros están por encima de la media. Y cuentan cómo descubrieron que sus hijos heredaron sus cualidades. A sociables no hay quien les gane, pero piden un sistema educativo más flexible

25 jun 2023 . Actualizado a las 10:04 h.

Beatriz Urriés, su marido José y sus hijos Alejandro y Adriana tienen altas capacidades. Todos ellos. Los cuatro. Y aunque para la mayoría de la gente puede llegar a ser sorprendente, para esta familia de Zaragoza no lo es. Incluso dice que es bastante más común de lo que parece: «Es habitual que las personas con altas capacidades se unan porque, al final, buscas intereses afines. Y luego, como tiene un alto porcentaje genético, pues también es habitual que los niños las tengan», explica, mientras puntualiza que cada caso es un mundo y que también hay de todo: «Otra cosa es que lo sepan. Porque en nuestra época escolar no se evaluaba. De hecho, yo me enteré de manera casual, con 17 años, y porque mis padres se estaban separando y pedí ir al psicólogo. Cuando me empezó a hacer preguntas, le sorprendió la madurez que tenía al contestar y la capacidad que tenía para solucionar problemas. Me decía que era capaz de generar más soluciones de las que él me podía aportar. Decidió evaluarme y salió que tenía altas capacidades».

Fue así cómo ella se enteró. Nunca había sospechado nada, ni tampoco sus profesores. «Mi rendimiento académico no era bueno. Quiero decir, que podía estudiar un libro entero para el examen del día siguiente y sacar un ocho sin hacer absolutamente nada», pero tampoco destacaba porque, según cuenta, el problema que tienen es que hay «un alto porcentaje de fracaso escolar». «El 60 % de los alumnos con altas capacidades no se titulan en la ESO, que es una cifra exageradísima», dice Beatriz con conocimiento de causa, ya que es vicepresidenta de Sin Límites, Asociación Aragonesa de Altas Capacidades.

«De hecho repetí curso. Luego, en cambio, en la universidad todo fue muy rápido. Hice mi carrera, hice un máster, y ahora mismo a mis 45 años, y durante la pandemia, decidí sacarme un grado a distancia. Es de cuatro años y me lo voy a sacar en dos», comenta, mientras reconoce que todavía está conociendo sus capacidades. «Para mí fue una sorpresa, jamás en mi vida hubiera pensado que era capaz de hacer eso», añade.

El caso de su marido fue muy distinto. Este cubano con raíces gallegas supo muy pronto que tenía altas capacidades y en su país natal le ayudaron a potenciarlas. Contaba además con cursos de alto rendimiento de matemáticas, ciencias o historia, fuera de la actividad escolar: «Él cuando entró en el colegio ya sabía leer y escribir. Así que nada más empezar, se saltó un curso. Eso es algo muy sencillo y aquí no se hace. De hecho mis hijos empezaron a leer y a escribir mucho antes que su padre y no es que lo contemplen, es que se llevan las manos a la cabeza», comenta sobre las dificultades que encuentran estos estudiantes en el sistema educativo español, y que constituyen el 10 % de todo el alumnado. Lo que defiende Beatriz es que el sistema sea más flexible para estos casos. «De la misma manera que los niños si van mal, repiten, y no nos extraña que eso suceda, pues deberíamos normalizar que cuando un niño va adelantado pueda saltar de curso. Además, también se mide cómo está el nivel de madurez», comenta.

Leyó «caldo casero»

Cuando esta pareja se conoció, tampoco le dieron mayor importancia al hecho de que ambos tenían altas capacidades. «Jamás lo habíamos hablado. Hasta que tuvimos niños no habíamos tocado el tema. No es una cosa a la que le des importancia». ¿Y cómo se enteraron de que su hijo mayor, que ahora tiene 16 años, también tenía altas capacidades? «Pues fue en la guardería. La directora nos dijo que el niño siempre estaba con las letras, que memorizaba cualquier cosa inmediatamente, y luego nos hablaba de su capacidad de razonamiento. Era capaz de entender absolutamente todo lo que le decía un adulto con añito y medio. Y podía razonar y contestar a todo», explica. Pero, sin duda, lo que más llamó la atención de Beatriz fue cuando descubrió que sabía leer, con apenas 2 años. «Estábamos en un restaurante y le pregunté que qué quería. Me dijo: ‘Caldo casero'. Y me sorprendió la respuesta. Me giré y vi que en el cartel que tenía detrás ponía ‘caldo casero'. Y entonces le dije: ‘¿Has leído el cartel?' Y se echó a reír. Cogí un libro y le empecé a preguntar qué ponía y me di cuenta de que sabía leer. Nadie le había enseñado», comenta.

También cuenta una anécdota en el autobús cuando su hija Alejandra era apenas un bebé, y ella le iba diciendo que tenía que tener un poco de paciencia, que no la podía coger en brazos: «La gente me miraba como diciendo: ‘¿Por qué le dice esas cosas si el bebé no lo entiende?'. Pero claro que me entendía. Lo gracioso es que llegó una madre y me explicó que a ella le funcionaba justo lo contrario. Y al explicarlo se empezó a liar. Entonces mi hijo la miró y le dijo: ‘Eso se llama psicología inversa'. Tenía 4 años. Y la mujer se quedó muerta».

Alejandra tuvo un desarrollo muy similar al de su hermano. También aprendió a leer con apenas 2 años: «Lo que pasa es que en el caso de ella fuimos más conscientes, porque ya habíamos visto la evolución de su hermano. Y te fijas más. Hay cosas que creemos que empezó a hacerlas antes que él, pero yo creo que es porque estábamos más pendientes». Ninguno de los dos se ha saltado un curso por el momento. Al mayor se le planteó esta posibilidad en secundaria, pero estaba tan integrado en el grupo que ya no quiso: «Además, el colegio tiene un nivel educativo muy alto y también va al conservatorio, toca la guitarra. Entonces tiene una carga extra. Seguramente acabe estudiando el Grado Superior de Música. Es su pasión». Y en el caso de su hija, no descarta que en algún momento tenga una ampliación curricular porque la ve algo desmotivada: «Lleva muy mal la repetición de contenidos. Primaria es una etapa muy dura para ellos y terminan saturados. Imagínate que tú estás en una reunión y tienes a alguien que te está explicando algo que tú ya has asimilado muchísimo antes. Cinco horas al día así, al final, explotan. De hecho, antes le encantaba ir al cole y ahora hemos acabado fatal. Pero también es verdad que en el cole la ayudan mucho y se preocupan por ella», dice.

Eso sí, lo que siempre hacen es socializar y salir todas las tardes: «Como no tienen necesidad de hacer deberes, tenemos mucho tiempo libre y lo utilizamos para el ocio, porque en casa tengo la premisa de no tocar contenido escolar para no agravar el problema» y que disfruten de actividades artísticas, de ir de acampada y de salir con los amigos.