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Mar García Puig: «El feminismo ha tenido poca empatía con las infértiles»

ACTUALIDAD

Mar García Puig publica «La historia de los vertebrados».
Mar García Puig publica «La historia de los vertebrados».

El mismo día que la diputada de En Comú Podem consiguió su escaño dio a luz a sus mellizos. Al parto le siguió un brote psicótico

09 abr 2023 . Actualizado a las 17:55 h.

«El 20 de diciembre del 2015 me convertí en madre y enloquecí». Así, sin preliminares amables que preparen al lector para lo que va a encontrar en las siguientes casi 300 páginas, Mar García Puig (Barcelona, 1977) arranca el relato de cómo todo el peso del mundo cayó de repente sobre sus hombros por partida doble: el de dar voz a la ciudadanía desde un escaño conseguido en unas elecciones que prometían ser las del cambio y el de criar no a uno, sino a dos niños que llegaron juntos y demasiado pronto. Tras el parto, la diputada de En Comú Podem sufrió un brote psicótico que, un día, mientras preparaba las papillas, la llevó a agarrar sin motivo alguno la reja ardiendo que protege los fogones de la cocina y otro, a comerse su propio pelo. Acudía repetidamente al pediatra porque veía ronchas por todo el cuerpo de su hijo, sin una sola mancha. En La historia de los vertebrados (Random House) habla de toda esa locura puerperal, pero no solo de la suya. «Quería mostrar ese hilo que nos une a todas las locas de la historia», dice.

­—Empaparse de todos esos casos, ¿le sentó bien? ¿No se sintió abrumada?

—Me hizo bien, porque encontrar todas estas historias me dio como una etiqueta, y eso me dio paz. Encontré a otras mujeres que se sentían como yo. Por ejemplo, yo me tocaba y me revolvía el pelo todo el rato, y me quedaba una maraña despeinada y así iba por la casa, agotada, y leí unas notas que decían que la escritora Anne Sexton se enmarañaba el pelo todo el rato tras haber sido madre, y esa imagen mía de loca despeinada de repente ya no era solo yo. Pensé: «Vale, estoy loca, pero no soy la única». Me dio consuelo.

­—Después de todo lo que ha vivido y leído, ¿qué cree que explica que haya mujeres que enloquezcan tras parir?

—La gente te dice: «Hormonas, hormonas». Pero todas las mujeres tenemos un vaivén de hormonas y no a todas les pasa. Creo que la culpa y miedo. La culpa por no estar a la altura como madre, por no sentir esa felicidad exultante que se supone debemos sentir, por estar tan cansadas que haya momentos en los que queramos huir. Y el miedo, al tener un hijo eres de repente consciente de la vulnerabilidad humana. Hay una persona absolutamente dependiente de ti, que en cualquier momento puede enfermar, puede mostrar signos de algo para lo que no estamos preparados. Y es que además la Historia nos ha dicho que da igual que haya otra gente alrededor, el pilar de esa persona es y vas a ser tú para toda la vida.

­—«El miedo materno es una fuerza feroz que ha dado forma a nuestro mundo». ¿Qué hay del miedo a transmitirles nuestras inseguridades, nuestros traumas, a dejarles un daño irreversible?

—Una de las cosas que más me ha ayudado fue la lógica de la rendición, asumir que como mínimo algo les voy a transmitir, aceptar que, por mucho que luche, es imposible que no hereden ciertas cosas.

—Otra frase que le dijo su psicólogo también la ayudó mucho: «No hay nada más sucio que la mente humana».

—Sobre esto, la época victoriana nos explica muchas cosas, esa idea del ángel del hogar, puro, de pensamientos bondadosos. Y claro, cuando te das cuenta de que en lo que se supone que tienes que ser más pura y bondadosa, que es en la maternidad, también tienes pensamientos negativos y tristeza, e impulsos de huida, te sientes un bicho raro. Cuando el psicólogo me dijo esto, me dio mucha paz. Yo no soy una madre arrepentida, estoy feliz de haber sido madre a pesar de todo, pero incluso así tengo momentos de duda, de miedo. Saber que la mente humana es sucia te reconforta, saber que no estás solo en esta suciedad.

—¿De qué manera le ayudó escribir este libro a superar o a lidiar con lo que pasó? 

—Fue una forma de purgar esa culpa; de decir, bueno, mira, he hecho cosas muy mal, pero a ver si con este libro hago algo bien, aunque luego al final en la dedicatoria les pido perdón otra vez, porque creo que una no acaba nunca de purgarla. Hubiera preferido no volverme loca y no escribir este libro, pero una vez que ha pasado, hay que intentar ver la parte positiva, y no lo digo desde un pensamiento naif, pero es verdad que la locura es una fuerza inspiradora. Seguramente, si no hubiera tenido este episodio no me habría sentado a escribir. Este libro fue mi manera de darle una salida creativa a algo que fue una tortura, y también una vía para entender lo que sufrió mi entorno: mi madre, mi hermana, el propio padre de mis hijos...

—Ocho años después, ¿Cómo va ese miedo y esa culpa? ¿Desaparece?

—Como dice Rachel Cusk, la maternidad es un trabajo para toda la vida. El miedo y la culpa en la maternidad se quedan para siempre, al menos en mi caso, lo que pasa es que pueden estar mucho más mitigados y aprendes a manejarlos de otra forma. Pero ya son compañeros de vida.

—¿Qué cambio fue más impactante: pasar de no ser madre a serlo o pasar de ser alguien anónimo a ser una figura pública?

—Creo que estuvieron un poco entretejidos. A mí las dos esferas, la privada y la pública, me explotaron en la cara de repente: lo más privado, tener un hijo, y lo más público, ser un cargo público. Y vi que ni una cosa era tan pública ni la otra era tan privada. Creo que las dos cosas se retroalimentaron. Yo he desempeñado mi cargo público de una manera distinta por ser madre y el cargo público me ha llevado a entender la dimensión política que tiene la maternidad. 

—¿Qué tienen en común maternidad y política?

—La forma en la que ejerces de madre viene muy determinada por la sociedad, por la esfera pública y qué espacio ocupas ahí, y esto es algo que no se pone sobre la mesa. Se considera que es un acto íntimo, movido por los afectos, y en realidad es un acto muy social, muy colectivo, como lo es la política, y que está movido por los afectos, pero también por el contexto. Y al revés sucede lo mismo. En política te explican que tienes que ser muy racional, que la emoción no entra, que el afecto no forma parte de esa labor, pero yo me di cuenta de que muchas decisiones políticas están movidas por una emotividad bien entendida. Está muy desprestigiado el sentimiento en el Congreso de los Diputados, y el sentimiento es una fuerza política también. Eso también hay que reivindicarlo.

—¿En algún momento se ha arrepentido de entrar en política?

—En esos momentos de oscuridad, sí, incluso redacté en mi mente la carta de misión. En ese punto ha estado varias veces, pero yo siempre he visto la oportunidad de estar viviendo desde la institución un momento donde el feminismo ha cobrado un protagonismo que nos ha permitido hacer cosas y abrir puertas. Y como también soy muy consciente de que estoy de paso, me compensa. Creo que he empujado un poco en la dirección que pienso que debía. Y eso me compensa el resto.

—¿Y de dónde saca el tiempo una diputada, madre de dos hijos, para escribir un libro que además tiene detrás una ingente labor de documentación?

—Pues de otra gente. Porque es así: el tiempo no es una cosa que se estire, se lo quitas a otras personas para ganarlo tú. Yo he tenido una red y unas posibilidades económicas que me han permitido sacar ese tiempo. El dinero te da tiempo también. El hecho de tener un buen sueldo te permite en un momento dado comprar ese tiempo, una posición de cierto privilegio.

—Pero no todo el mundo está en una situación de privilegio. ¿Qué retos quedan todavía por delante en cuanto a la conciliación?

—Me parece que muchas veces pensamos en la conciliación como en primeras necesidades, que las madres tengan cubiertas algunas de sus primeras necesidades, y una necesidad para mí es la cultura, por ejemplo, y el acceso a ella. No se le da el valor que tiene. A veces parece que es un privilegio, y es algo que se tiene que tener en cuenta también. Y, luego, podemos poner todas las condiciones materiales que queramos, pero tenemos que hacer un cambio de mentalidad para que deje de pesarnos la culpa cuando conseguimos conciliar, y hacerlo hacia todas las direcciones. Me parece tan legítimo la que quiere volver al trabajo enseguida como la que no, pero las dos se sienten culpables al final. Cualquiera de las dos elecciones se juzga.

—Como mujer con historial de infertilidad y madre que ha recurrido a técnicas de reproducción asistida, ¿cuál es su opinión sobre la gestación subrogada?

—Estoy en contra del tema mercantil, de que haya un intercambio económico. Creo que se tiene que abordar y legislar el tema, pero nunca desde el caso particular, sino desde la práctica en sí. Y creo que desde el feminismo ha habido poca empatía y comprensión con las mujeres con problemas de fertilidad. Puedo estar de acuerdo en que la maternidad no es un derecho, pero se obvia el peso que sigue habiendo sobre las mujeres para que sean madres.

—¿Qué consejo le daría a aquellas mujeres que son madres y que sienten que no son capaces y a aquellas que van a serlo o se lo están planteando? 

—En el libro hago referencia a un momento en el que mi hermana se refirió a los mellizos como sus sobrinos, y yo de repente me di cuenta de que no eran solo mis hijos. Son también hijos de su padre, son nietos de sus abuelos, son sobrinos de sus tíos. Es una liberación entenderlo, y a mí eso me sirvió mucho. Sobre todo les diría que apliquemos que la perfección no existe, que no debemos intentar llegar a todo, porque no se puede. Y tendemos a juzgarnos con una dureza que no aplicamos al resto de la humanidad. Reivindico eso, la vulnerabilidad, el error y la debilidad. El delegar, tanto si eres un directivo de una empresa como si eres madre. Hay gente que por circunstancias no se lo puede permitir, pero las que puedan es importante hacerlo.