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César Bona, entre los 50 mejores profesores del mundo: «Tendríamos que adoptar la filosofía de las tribus indígenas»

ACTUALIDAD

Defiende firmemente que desde los centros educativos se puede cambiar la sociedad, y que cualquier pequeño gesto tiene repercusión a nivel global. Sus alumnos lo han comprobado

03 abr 2023 . Actualizado a las 16:32 h.

César Bona (Ainzón, Zaragoza, 1972) es sinónimo de cambio, de esperanza. El profesor, que fue nominado al Global Teacher Prize, un galardón equivalente a los Nobel del profesorado, cree firmemente que desde la educación hay que dar un paso adelante hacia el respeto al lugar donde vivimos, no concibe quedarse al margen. Antes de la pandemia, ya había empezado a trabajar en el libro que acaba de publicar, Educación sostenible, donde hay numerosas propuestas para pasar a la acción.

 Ya le daba vueltas a esa «inercia voraz y casi imparable» en la que nos movemos, y valoraba la importancia de pararse a reflexionar. «Me acuerdo que decía que estábamos en un punto de retorno, hay que verlo siempre así, ¿y qué paso en el confinamiento? Aparecieron jabalíes en las ciudades, delfines en los canales de Venecia, plantas en el asfalto... la naturaleza nos estaba haciendo un guiño, nos estaba diciendo: ‘No es tan difícil si os lo proponéis'», señala uno de los 50 mejores maestros del mundo, que también ha formado parte del jurado de los Premios Princesa de Asturias en la categoría de Comunicación y Humanidades en el 2017 y el 2018. Más allá de lo que hagan otros, Bona asegura que el giro debería empezar por uno mismo, porque muchas pequeñas escalas pueden cambiar la sociedad, y si no que se lo digan a sus alumnos.

—¿Cómo puede la educación ayudar a crear un mundo más sostenible?

—Siendo conscientes, primero, de la importancia que tiene en sí misma la educación, y luego, del fin de esta, que desde mi punto de vista es darnos herramientas para relacionarnos con nosotros mismos, con las personas que nos rodean y con el mundo en el que vivimos, que sería de lo que estamos hablando. Una de las grandísimas responsabilidades que tenemos las personas que nos dedicamos a educar, que no necesariamente tenemos que ser docentes, es promover la cultura de cuidado y de respeto hacia las personas, pero también al lugar donde vivimos. Y hay que cambiar esa mirada de temor, de «qué pasará si no hacemos algo» por la del respeto y gratitud. La participación de los niños es fundamental a la hora de construir ese mundo, pero antes hay que educar para que sean conscientes del lugar en el que están.

 —¿Cómo los docentes pueden incorporar esa educación sostenible de manera efectiva en las aulas?

—Ahora mismo nos encontramos con distintos escenarios: hay centros educativos en los que hay árboles en los recreos, y es un acercamiento a la naturaleza; y otros, en los que los recreos son lugares absolutamente asépticos, donde no queda un resquicio en el cemento para que crezca una hierba. Y eso se traslada también a las aulas porque hay muchos docentes cada día más concienciados y están haciendo cosas tremendamente interesantes, ya no solo a nivel estructural en las escuelas, también en cuanto a esa participación para crear conciencia; otros a nivel intermedio, que están empezando, con pequeños huertos, que es muy loable, porque es un primer paso; y otros que todavía no encuentran ni tiempo ni disposición para acometer proyectos que para ellos siguen siendo secundarios.

 —¿Qué estrategia recomendarías en estos casos?

—Es muy importante hacer un ejercicio de reflexión, vivimos en una inercia, como sociedad, en la que el cambio muchas veces no es fácil, porque en cuanto entra en juego la sostenibilidad y la comodidad siempre hay una que parte con ventaja. Esto es también educable, y es muy necesario que eduquemos en la palabra sostenible, porque ahora mismo es una de las lecciones más importantes que podríamos aprender. Todo influye, desde la disposición de los gobiernos, porque son los que hacen las leyes, ya se están dando pasos; desde las empresas, que tienen que ir mirando hacia lo sostenible, y, de momento, nosotros podemos dar pequeños pasos, pero sí que incumbe, y mucho, lo que hagamos cada uno de nosotros, cómo son nuestros hábitos, especialmente si nos dedicamos a educar, sin nombrar la palabra docente, porque hay muchas personas que educan, padres, madres... Es fundamental que reflexionemos y que entendamos que todo está relacionado.

 —¿Cómo podemos desterrar ese mantra de que lo que yo haga a nivel particular no va a cambiar una situación a nivel global?

—En el libro hablo de un pequeño ejemplo que sucedió un día en un recreo. A raíz de que me encontré un envoltorio en el suelo del patio, al llegar a clase los animé a coger un papel, arrugarlo, y tirarlo al suelo. Y algo que parece intrascendente, porque es una persona en un momento puntual, «si solo es uno...», solo era un envoltorio, se dieron cuenta de que la pequeña escala sumada a otras pequeñas escalas se convertía en una escala enorme. Un solo envoltorio en un segundo, pero si hay 8 millones de estudiantes en España, en un solo segundo podría haber ocho millones de envoltorios en el suelo. ¿Cómo la educación puede revertir eso? Si uno lo ve como algo que está ahí y que no le pertenece, nada, pero si dices: «Yo puedo hacer un poquito para mejorarlo», y te agachas y lo coges, eso es darle la vuelta a la educación, que se entienda desde las escuelas, desde los centros educativos, indudablemente, se puede cambiar la sociedad.

 —¿Qué otro gesto diario está infravalorado?

—Yo invito a que miremos la bombilla de la lámpara de nuestro salón, o que analicemos un tomate, o toquemos un radiador, o que miremos la etiqueta de una camiseta, y esto cómo está hecho, adónde viene, y adónde va… O una simple bolsa de basura, que ya tenemos esa inercia de «meto las cosas, la ato, la dejo fuera y mágicamente desaparece». Ni desaparece la bolsa ni todas las consecuencias que tiene el dejar la bolsa ahí. El libro está lleno de propuestas para pasar a la acción.

 —¿Por qué no se prohíbe el plástico sabiendo lo que sabemos?

—Es que el plástico es un compañero de viaje y de vida. Yo mismo me propuse hacer el experimento de hacer la compra sin plástico, y resulta extremadamente complicado. El hecho de coger una bolsa de plástico o no, aunque es un pequeño gesto, es secundario. Los gobiernos tienen que tomar acciones, las empresas también, de hecho, van proliferando supermercados que no admiten plástico, y esto tendría que sacarse más a la luz. Las empresas tienen su parte de responsabilidad, obviamente, pero ya no solo las empresas que proporcionan estos objetos de uso diario, sino los que los fabrican.

 —Avanzamos, pero no somos tajantes.

—Efectivamente, y de lo que se trata es de tomar acción pero ya. Igual que una persona puede ir a un supermercado y decir: «¿Que no tenéis agua embotellada en cristal?», «¿solo tenéis en plástico? Pues no compro». Porque es uno, pero si fueran cien cambiaría. Y si se hiciera una acción en un colegio, y las escuelas trabajaran en línea, y todos los niños dijeran a sus familias: «No vamos a comprar más con plástico», ¿tú sabes la transformación que se podría hacer ahí? Ya que no sucede desde arriba, la transformación seguro que podría suceder desde abajo, y volvemos a revertir el sentido de la educación, puede ser tremendamente poderosa y beneficiosa, ya no solo para el ser humano, sino para el planeta.

 —¿Crear un código universal con los colores del reciclaje no ayudaría a concienciar?

—Desde luego. Si viene alguien de Inglaterra a España se hará un lío con los contenedores, pero allí entre diferentes ciudades y distritos también son distintos. Ponerse de acuerdo en esto es de las cosas más fáciles, y mira si cuesta… Es verdad que esto podrían hacerlo de una manera o de otra, pero mientras no lo hagan cada uno de nosotros, en lo individual y en lo colectivo uniéndonos unos a otros, somos los que en círculos concéntricos tenemos que ir haciendo las cosas, pero hace falta mentalizarse. Y yo puedo hacer mucho. Cuando la gente no hace nada suelen aparecer excusas, «la culpa es de la industria o del Gobierno», o se desvía la mirada hacia otros temas, «deberíamos preocuparnos de cosas más importantes como la pobreza», y otras personas piensan: «¿En qué puede cambiar la situación uno de Zaragoza?». Queda claro que hay muchas acciones que puedes hacer que sí que pueden transformar las cosas.

 —Dices que asociamos la naturaleza a desconexión y, sin embargo, tú hablas de conexión.

—Sí, sí, de hecho hago referencia a tres o cuatro estudios, y uno de ellos hablaba de los baños de bosques, que de dos horas a la semana nos daban salud, y es que sucede eso. Cuando estás rodeado de naturaleza, coges aire en los pulmones sin darte cuenta, dices: «Qué calma, qué tranquilidad», baja la presión arterial, mejora el sistema inmunitario...

 —Quizás una de las mejores lecciones que nos ha dejado la pandemia.

—Yo creo que sí, que hay gente que ha valorado mucho más este tema, pero tenemos que darle una vuelta de tuerca más, no solo por nuestro propio beneficio, sino volver a la tierra, algo tan grande, tan inmenso y tan bonito. Cuando ves un paisaje y lo asocias con la paz y la tranquilidad... Tenemos que darle ese giro de tuerca, ya no solo porque a mí me hace sentir bien, sino que yo voy a hacer sentir, porque me apetece, a la tierra. Me acuerdo de las tribus indígenas que, desde tiempos ancestrales, ya tenían muy clara una filosofía que tendríamos que adoptar nosotros también.

 —De agradecimiento...

—Efectivamente. Primero de sentirnos agradecidos por el lugar donde vivimos, y mucha gente dirá: «Happy flower», y happy flower no, hay que agradecer al lugar que te da de comer, de beber, que te da el oxígeno que respiras, y segundo, si tú analizas a lo largo de la historia cómo nos ha inspirado: en el arte, en la literatura, en la ciencia, en la tecnología…

 —Es la mejor maestra...

—He aprendido muchísimo con este libro, pero sobre todo me he dado cuenta de que todo está relacionado. ¿Qué tiene que ver Fray Luis de León con un pingüino, con el exoesqueleto de una luciérnaga, con el AVE o un cuadro de Renoir? Todo esta interrelacionado. Y antes hablaba de cómo la naturaleza nos inspira a crear cosas, aun cuando esa creación repercute negativamente en la propia naturaleza. Y ese es el gran reto que tenemos.