Authorization Required

This server could not verify that you are authorized to access the document requested. Either you supplied the wrong credentials (e.g., bad password), or your browser doesn't understand how to supply the credentials required.

Superviviente de un naufragio en Terranova: «No pasó nada porque hacía buen tiempo, si hace malo, morimos todos»

Cristina Porteiro
c. porteiro REDACCIÓN / LA VOZ

ACTUALIDAD

Las campañas pesqueras en el siglo pasado eran mucho más arriesgadas, pero se podía ganar hasta siete veces más que trabajando en tierra

20 feb 2022 . Actualizado a las 19:50 h.

El 1 de agosto del 2018 fue la última vez que José María Rodríguez Alvite, marinero de Porto do Son y residente en San Pedro y Miquelón, salió a pescar en Terranova. Lo hizo con otros tres compañeros a bordo del Tommy Evan, un pequeño barco de 15 metros que se fue a pique a 56 kilómetros de la costa. «No pasó nada porque hacía buen tiempo. Si hace malo, morimos todos», rememora tras conocer el aciago final del Villa de Pitanxo: «Es una tragedia inmensa. Peor para los que murieron, pero para las familias que quedan ahí, es terrible».

Al igual que el pesquero gallego, la popa del Tommy Evan se hundió en el agua: «Cargamos el barco con pepino de mar. Íbamos en ruta cuando se debió de romper una separación en bodega y se corrió la carga a un costado. El barco se iba para el fondo, pero quedó la quilla flotando al sol, porque tenía un compartimento estanco y era de poliéster», explica. Consiguieron pedir auxilio y ser recatados antes de que el agua se tragara la embarcación. No volvieron a saber de ella hasta una semana después, cuando la proa asomó por la superficie de nuevo.

Tras el accidente decidió colgar los aparejos, poniendo fin a una vida en el mar que empezó en el año 1978. Entonces, las campañas en Terranova eran bien diferentes a las de ahora. No se iba a por fletán negro, sino el bacalao, y en pareja. «Mi padre iba en los 50 y lo que me contaba era horrible. Navegaban en chalupas. No sé cómo no morían más. Se pasaba hambre y frío. Yo empecé en el 78 y ya eran otra cosa. Ahora han mejorado muchísimo en comodidad», explica. Su carrera se forjó a bordo de los baladeros Terra y Nova. 

Los buques que van a Terranova, los «bous» (arrastreros), son mucho más modernos. No tienen que racionar el agua, como entonces, ya que portan máquinas para convertir el agua del mar en dulce. Eso les permite aguantar más tiempo sin tocar tierra. Los camarotes son más amplios, hay televisión e internet, para contactar con las familias, que hasta los años 90 solo se comunicaban por carta. A pesar de las mejoras, lamenta Rodríguez Alvite, hay más naufragios: «Es por la forma de construirlos. Tienen mucha altura para tener más comodidades a bordo. Antes tenían mucha más obra muerta (bajo la superficie) que obra viva».

[[@embed::00121645215735819908831]]

Terranova es un caladero endiablado. Por el frío y la ferocidad de las olas, siempre traicioneras. De nada sirve saber nadar si caes al agua: «Sin traje de supervivencia no es viable, te mueres. Si no te mueres en el agua, te mueres en la balsa por estar mojado», asegura un trabajador del mar. No hay medidas de seguridad ni tecnología que pueda contra olas de 15 metros y temperaturas bajo cero. De ahí la importancia de conocer al minuto las previsiones meteorológicas y saber cuándo parar de faenar: «Hoy la meteo la conocemos al momento, pero entonces teníamos que escuchar en la cabina de mando el parte de la CBC, que era para cuatro días», asegura Rodríguez Alvite.

La vida a bordo

Él llegó a estar 210 días sin pisar tierra. Partía en marzo y no volvía a Galicia hasta octubre o noviembre: «Cuando había muchísimo pescado, igual estábamos 72 horas sin dormir, aunque lo normal era trabajar 16 o 17 y luego dormir [...] Por eso también el índice de alcoholismo era tan grande». A pesar de las vicisitudes, lo peor a bordo no era la extenuación del trabajo o el miedo a ser devorado por el océano: «Lo peor es la convivencia. Al cabo de tres meses es muy difícil aguantarse unos a los otros».

Un patrón gallego retirado que faenó durante años en el caladero asegura que las cosas han cambiado: «Antes trabajabas todas las horas que aguantara el cuerpo. Recuerdo estar tres días sin descansar. Ahora trabajas 10 horas y descansas cuatro o cinco, hay relevos. Se lleva mucho mejor». Sus contratos podían extenderse siete meses. «Ahora las mareas son más cortas, unos cinco meses y medio como mucho», explica.

Salarios

El sistema de remuneración de los marineros que van a Terranova sigue siendo similar: un salario base, que varía en función del rango profesional, y un extra en función de las capturas. Ese porcentaje se acuerda por convenio. Al final, pocos llegan a los 2.000 euros al mes. Era mucho más atractivo en los años 60: «En una compaña podía ganar cinco o seis veces más que el salario medio de un trabajador español en tierra», revela Rodríguez Alvite. De ahí que los jóvenes gallegos ya no tengan incentivo alguno para enrolarse.

La brecha salarial no se limitaba a la tierra y el mar. «Yo tenía asegurado el equivalente a 1.000 euros al mes, aunque el barco [con base en Pasajes] no pescara nada. En Galicia, si no pescabas, no cobrabas nada, aún quedabas debiendo dinero a la compañía», recuerda. Lo mismo ocurría con las primas de los patrones. Si en el País Vasco podían llevarse el 20 % de la facturación, en Galicia se limitaba al 10 %. Y, ¿las vacaciones? «En Galicia tenían siete días, nosotros 14», recuerda una fuente del sector.

[[@embed::00121645215574156898945]]

El método de contratación también ha cambiado. De llamar a la puerta de casa del patrón o el contramaestre buscando trabajo a buscar ofertas de empleo en Facebook. Eso sí, sigue funcionando el boca a boca entre familiares: «El armador con el que trabajaba no le gustaba porque tenía en la cabeza que si había una desgracia, y pasaba lo que pasó, se van tres de la misma casa», explica el patrón.

Terranova sigue siendo un lugar penoso, inhóspito y cruel para la gente del mar. Incluso para quienes como Rodríguez Alvite, un día decidieron hacer de esa tierra su hogar, a fuerza de resistir. Tosiendo, a 11 grados bajo cero y con el viento soplando a 100 kilómetros por hora, no alcanza a explicar por qué decidió quedarse: «Uno sabe dónde nace, pero no sabe dónde se quedará».

Rosa María-Orellán: «Querían ir a Terranova, en tres años tenían para levantar sus casas»

Rosa García-Orellán se presenta con orgullo como «hija de un hombre de mar», nacido en Corrubedo. Profesora de universidad en el País Vasco y autora del libro Hombres de Terranova: la pesca del bacalao, sabe mejor que nadie cómo el tiempo ha ido desgastando a la flota gallega en ese caladero, que tanto ha estudiado. Ahora apenas quedan cuotas, gente o barcos que se adentren en sus aguas. No siempre fue así: «En los 60 los jóvenes gallegos querían ir a Terranova. Con tres años de campaña, ya tenían el dinero suficiente para levantar sus casas. Era un incentivo muy importante».

Ese aliciente ha desaparecido. Nadie arriesga su vida capeando temporales si puede ganar casi lo mismo en tierra. Ni siquiera la irrupción de la tecnología, que ha sustituido buena parte de la mano de obra en los barcos, es capaz de cubrir las vacantes en los buques de alta mar.

La huella de los gallegos en Terranova se ha ido borrando con el paso de los años. «En sus puertos, a los que acudía nuestra flota, se creó una cultura importante de intercambio [...] Algunos de sus habitantes incluso hablaban palabras y frases en gallego», explica.

De la época dorada del bacalao en los 60 y 70, Galicia ha pasado a la época negra, la del fletán. «No podemos hablar de potencia pesquera en estas aguas por parte de nuestro país. Ni tampoco en Noruega, donde también tenemos cuota, pero reducida», señala García-Orellán, quien cree que, a pesar de la decadencia de la pesquería y del accidente del Villa de Pitanxo, los gallego siguen considerándose en nuestros días «los mejores marineros del mundo».

[[@embed::0003_202202G17P2991 extendido]]