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Estados Unidos aborta otro ataque al aeropuerto de Kabul tras un atentado con seis víctimas civiles

m. ayestaran / m. gallego JERUSALÉN, NUEVA YORK / COLPISA

ACTUALIDAD

Daños en el exterior de la vivienda que sufrió el impacto de un cohete, cerca del aeropuerto de Kabul
Daños en el exterior de la vivienda que sufrió el impacto de un cohete, cerca del aeropuerto de Kabul

El Estado Islámico alcanzó una casa con un cohete, pero vio frustrado otro golpe suicida contra el aeródromo

29 ago 2021 . Actualizado a las 21:05 h.

Las últimas horas de presencia internacional en Afganistán amenazan con ser muy largas. El brazo afgano del grupo yihadista Estado Islámico (EI) parece dispuesto a que sea así y este domingo, cuando Estados Unidos realizó el último vuelo de evacuación de civiles y el Reino Unido llevó de vuelta a casa a todos sus soldados, los yihadistas lanzaron un cohete contra un edificio próximo al aeropuerto e intentaron un nuevo ataque suicida que fue abortado por un dron estadounidense.

Al menos seis personas, tres de ellas niños, murieron en el ataque, causado por un cohete, según dijo a Efe en condición de anonimato un médico del hospital de Khairkhana de la capital, a donde fueron trasladadas las víctimas.

Todas las miradas siguen fijas en ese aeropuerto a la espera de la simbólica salida del último vuelo y serán los talibanes quienes tengan que proteger a quienes han sido sus enemigos durante dos décadas. Quedan unos 4.000 soldados estadounidenses en Kabul. Tras el atentado del jueves, en el que murieron más de 200 personas, entre ellas 13 marines, los servicios de inteligencia mantenían la alerta de amenaza terrorista en todo lo alto y acertaron.

A media tarde del domingo un cohete impactó cerca del aeropuerto y la respuesta de EE.UU. no tardó en llegar y lo hizo de nuevo por medio de un avión no tripulado. Un misil destruyó un vehículo que, según fuentes estadounidenses citadas por la cadena CBS, conducía un suicida que se dirigía al aeropuerto para hacer explotar su carga. «Las explosiones que ocurrieron en el vehículo tras el impacto de nuestro misil indican que llevaba una gran carga de material explosivo», detallaron las mismas fuentes. Los talibanes confirmaron la operación contra el suicida llevada a cabo por EE.UU. en Kabul.

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Tras la retirada de las tropas está en el aire el programa de ataques con aviones no tripulados, una de las estrategias a las que recurre Washington una y otra vez y que le permite no tener que desplegar tropas sobre el terreno. Las autoridades del Emirato, que han sufrido a los drones durante 20 años, ya mostraron su malestar el viernes tras el lanzamiento de un misil contra una base del EI en Nangarhar por considerarlo una violación de la soberanía nacional. Cuestionado por el tema, el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan dijo: «Continuaremos tomando el tipo de medidas que estimemos necesarias para acabar con la amenaza del EI. Tenemos previsto seguir con estas operaciones contra ellos».

Los seguidores del califa en suelo afgano operan bajo el nombre de Estado Islámico de Joramsar y en una entrevista a CNN días antes del atentado adelantaron que con la llegada del Emirato «reincidirían» en sus operaciones. Talibanes y EI libran un pulso interno que puede convertirse en un problema grave para la imagen de seguridad que el Emirato trata de dar a los afganos y a la comunidad internacional.

Diplomáticos turcos

Tras la salida del último vuelo con civiles, EE.UU. sabe que en esta caótica evacuación ha dejado en tierra a miles y miles de colaboradores, pero también a 300 ciudadanos estadounidenses, según el secretario de Estado, Antony Blinken, que declaró: «Trabajamos para sacarlos cuanto antes».

Es una incógnita saber el futuro del aeropuerto, pero Turquía podía estar cerca de aceptar la propuesta talibán para hacerse cargo de él y anunció el regreso a Kabul de su personal diplomático.

El fiasco de Afganistán obliga a Estados Unidos a replantearse su posición en el mundo

La historia hay que mirarla a vista de pájaro; de cerca provoca miopía. Cada presidente de Estados Unidos -menos Donald Trump- tiene en su expediente un borrón negro en su política exterior teñido de sangre.

En 1979 Carter perdió ocho soldados y un civil en la fallida operación Garra de Águila con la que pretendía terminar la crisis de los rehenes en Irán. Reagan tuvo que apuntarse 241 muertos en 1982 cuando un camión bomba explotó en los barracones de sus marines en Beirut. La Guerra del Golfo costó a George H. Bush y a su coalición 379 vidas. Mogadiscio, a Bill Clinton, 19 militares muertos. George W. Bush batió todos los récords con la coartada de vengar los 3.000 muertos del 11-S. Y Barack Obama perdió al embajador de Libia en los ataques contra el consulado de Bengasi.

En ese contexto se encaja el atentado del aeropuerto de Kabul en el que murieron 13 soldados estadounidenses, cuyos cadáveres llegaron este domingo a EE.UU., y 170 civiles. La ironía es que Joe Biden forzó la abrupta salida de Afganistán porque tenía demasiado presente su angustia de padre como para enviar los hijos de otros a una guerra que hace mucho daba por perdida. En el proceso de rematarla ha tenido que hacer las llamadas de condolencias que siempre temió recibir cuando su hijo Beau estuvo desplegado en Irak. Hasta entonces el presidente no se había estrenado en siete meses de Gobierno.

La sombra de todas esas carnicerías planea estos días sobre su presidencia. Las victorias se celebran en el cañón de los héroes y las derrotas se conjuran en Hollywood, donde tarde o temprano aparecerá la caída de Kabul en formato de Apocalypse Now. Hasta entonces Biden solo quiere salir de su Vietnam y la oposición crucificarle por lo único que puede doler más a los estadounidenses que un baño de sangre: la humillación de la derrota.

La jauría patriótica está sedienta de venganza, aunque a la opinión pública no le queden ganas de más batallas tras dos décadas de guerra. Nadie en esas esferas se planteaba la derrota afgana como el fin del imperio americano y ni siquiera como una cura temporal para las ansias intervencionistas que caracterizan al país norteamericano desde que asumió el papel de sheriff del mundo con la liberación nazi de la II Guerra Mundial. La reflexión de fin de era viene de fuera y de la mano de los intelectuales a los que el Gobierno no quiere dar la menor oportunidad hasta que complete la misión en la que está centrado.

Para los que esperan que los fiascos de Irak y Afganistán pongan fin al intervencionismo estadounidense en el mundo, los expertos son pesimistas. «Estados Unidos es adicto a las guerras», concluye el experto en traumas colectivos Jack Saul.

Un millón de niños, en riesgo de desnutrición severa en el país, según Unicef

Un millón de niños afganos están en riesgo de sufrir desnutrición aguda grave si la situación del país continúa deteriorándose, alertó este domingo Unicef, en medio de la crítica situación del país tras la victoria de los talibanes, el aumento de la violencia, y el rápido colapso de la economía nacional.

«Si la tendencia actual continúa, Unicef predice que un millón de niños menores de 5 años en Afganistán sufrirán desnutrición aguda grave, una enfermedad potencialmente mortal», dijo en un comunicado el director regional de la organización para el Sur de Asia, George Laryea-Adjei.

Tras su salida de Kabul, aseguró que en las últimas semanas, con el aumento de los conflictos y la inseguridad del país los niños son los que «han pagado el precio más alto». «Algunos no solo han sido obligados a abandonar sus hogares y han sido separados de sus escuelas y amigos, sino que también se ven privados de la atención médica básica que puede salvarlos de enfermedades como la poliomielitis y el tétanos», indicó, según recoge Efe.

La crisis humanitaria de Afganistán ya era grave antes de la victoria de los fundamentalistas, tras décadas de conflictos y guerra que devastaron al país y ha dejado millones de personas afectadas.