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Alarma en la UE ante el avance de los populistas en el Báltico y Centroeuropa

Cristina Porteiro
Cristina Porteiro BRUSELAS / CORRESPONSAL

ACTUALIDAD

DAVID W CERNY | Reuters

El virus identitario dispara la presencia de la ultraderecha en los parlamentos

29 oct 2017 . Actualizado a las 05:45 h.

«Los euroescépticos deben ser escuchados (...) Con la ultraderecha no debatiré nunca», zanjó el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, tras las elecciones francesas en las que la líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, rozó la victoria e hizo temblar buena parte de los cimientos del proyecto comunitario.

Bruselas ha tratado desde entonces entre bambalinas de extender un cordón sanitario para alejar a los partidos ultraderechistas del poder. Pero la maniobra se ha saldado con éxito desigual en los diferentes países del bloque común. Y es que «no existe un contrato escrito por el que los partidos tradicionales se tengan que abstener de formar Gobierno con populistas o la extrema derecha», asegura una fuente comunitaria.

El debate está servido en el seno de las distintas familias políticas europeas, donde se cuecen las alianzas y donde conviven partidos de lo más antagonistas. En países como Alemania, Francia y Holanda se ha esquivado la amenaza, al menos por el momento. Las cosas no pintan tan bien en Austria donde el líder conservador, Sebastian Kurz, está dispuesto a negociar con los ultraderechistas del FPÖ para convertirse en el presidente más joven de la Unión. Una maniobra similar en el año 2000 desató sanciones diplomáticas de una UE que ahora se muestra más vacilante.

El populismo campa con total libertad en la República Checa. La eurofobia en Polonia. El ultranacionalismo en Hungría y puede que Italia caiga en manos de extremistas si la Forza Italia de Silvio Berlusconi y la Liga Norte reeditan su coalición. La Unión Europea mira al norte y espera que las experiencias de Dinamarca o Finlandia sean el mal menor.

Dinamarca

Los pioneros. Los daneses fueron los primeros en normalizar y aceptar a la ultraderecha en el rompecabezas político. Una tendencia que parece exportarse al resto de la UE en los últimos meses. El Partido Popular danés, que se define de forma explícita como antimusulmán, se erigió como primera fuerza en las elecciones al Parlamento Europeo en el 2014 y se convirtió en segundo partido con más apoyo en los comicios daneses del 2015. Los liberales del actual primer ministro, Lars Løkke Rasmussen, no tuvieron ningún reparo en recurrir a su apoyo para poder vencer al bloque rojo y gobernar.

¿Por qué en un país con tan poco desempleo y una economía estable cuaja tan bien el rechazo a la inmigración? Algunos expertos apuntan a un problema identitario que ha ido creciendo dentro la sociedad del país, que no solo ha sabido aprovechar la derecha sino que se ha explotado desde todas las fuerzas políticas aprobando restricciones al asilo, endureciendo las condiciones de acceso y enfocando las crisis migratorias como un negocio: «La inmigración puede ser un buen negocio para las finanzas del gobierno, siempre y cuando la gente quiera trabajar», aseguró el ministro de Hacienda, Kristioan Jensen.

Suecia

Los problemas de los migrantes. La llegada masiva de refugiados desde los distintos puntos en conflicto en todo el mundo está pasando factura a la Arcadia del bienestar. Los xenófobos Demócratas de Suecia alcanzan ya en los sondeos los 58 escaños, de los 49 que obtuvieron en las últimas elecciones a pesar de los continuos escándalos en los que se han visto envueltos: desde acciones violentas a denuncias de acoso sexual. Son la tercera fuerza en el Riksdag. A diferencia de su vecino del sur, en Suecia nadie se plantea recurrir el partido de Jimmie Akesson para arrebatar el tradicional poderío socialdemócrata por el alto coste político.

Finlandia

Experimento fracasado. El caso finlandés es el mejor ejemplo de por qué la UE necesita extender un cordón sanitario a populista y ultraderecha. El Gobierno de centroderecha, en el que están los conservadores de Coalición Nacional (PPE), acabó expulsando del Ejecutivo a los eurófobos y ultranacionalistas de los Verdaderos Finlandeses, con los que habían negociado, después de que el extremista Jossi Halla-aho, se hiciera con la batuta del partido. El xenófobo tachó a los somalíes de «raza inferior» y a los musulmanes de ser «propensos a la pedofilia». El experimento ultra no solo ha fracasado en el Gobierno, también en los sondeos. Los finlandeses le han retirado su apoyo y hoy caen a la quinta posición.

Los países bálticos

La amenaza rusa como coartada. El virus identitario y ultranacionalista se ha extendido a las pequeñas repúblicas bálticas donde el Partido Popular Conservador de Estonia, la Alianza Nacional letona y la Unión Nacional lituana han unido fuerzas para propagar por el este el odio al multiculturalismo, el rechazo a la acogida de refugiados y el deseo diferenciarse de otras «etnias». Aunque son fuerzas terceras, siguen en auge. En Estonia se les acabó excluyendo de las conversaciones de Gobierno. En Letonia forman parte del Ejecutivo tripartito de centroderecha y ya han forzado que el país se declare insumiso a las cuotas obligatorias de asilados.

Chequia y Eslovaquia miran hacia Viena y Budapest para ganar influencia

La preocupación de los responsables del proyecto común europeo con el avance de los populismos se incrementa tras el avance de nuevas fuerzas de ultraderecha en Chequia y Eslovaquia en sus recientes comicios. En el primero de ellos, ganó el millonario antiinmigración Andrej Babis con un discurso claramente xenófobo. En el segundo, el populista de izquierdas Robert Fico ha visto cómo crecía en los últimos años un violento movimiento nazi que roza el diez por ciento de los votos en el Parlamento, lo que le obligó a pactar con una fuerza de ultraderecha. Pese a esos vaivenes, ambos países miran a sus vecinas Austria y Hungría para crear un nuevo contrapoder en la UE con el que poder imponer políticas mucho más restrictivas en materia de inmigración.