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Las páginas en blanco de Europa

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En el Tratado de Roma de 1957, donde tendrían que estar las estipulaciones, las normas, los objetivos, las políticas y los ideales de la futura Europa? Todo eso estaba en blanco

26 mar 2017 . Actualizado a las 10:02 h.

En las fotos históricas que se publican este fin de semana en toda la prensa recordando la firma del Tratado de Roma de 1957 no se ve un detalle importante: el documento en el que los delegados pusieron su firma, un tocho considerable, tenía las páginas en blanco. Tan solo estaba impreso un frontispicio en la portada y la contraportada. En medio, donde tendrían que estar las estipulaciones, las normas, los objetivos, las políticas y los ideales de la futura Europa… Todo eso estaba en blanco.

El asunto no se supo hasta hace diez años y todavía no está claro cómo pudo ocurrir. Primero se aventuró la explicación de que se había tenido que acelerar la firma por el temor a que en Francia nombrasen primer ministro a De Gaulle y bloquease el tratado. Luego se dijo que a los funcionarios encargados de preparar el texto se les había echado el tiempo encima. Luego que el documento tenía que imprimirse en Suiza, y que el tren que traía el texto se había retrasado. Cuando esta idea de un tren suizo con retraso no convenció a nadie, se dio finalmente una explicación tan penosa que tiene que ser la verdadera: el personal de limpieza del Palazzo dei Conservatori se había encontrado con el original impreso por ahí, pensaron que eran unos papelajos y fue así como el  primer diseño de lo que acabaría siendo la Unión Europea terminó en la basura.

Quizás fuese esto lo que obligó a improvisar Europa. El proyecto europeo ha navegado siempre a la deriva, hasta que esa deriva ha acabado siendo un rumbo. Instalado en la crisis permanente, ha convertido a la crisis en su mecanismo de transformación. La Unión Europea es la mayor prueba de que en política no existen los planes a largo plazo pero que, si uno resiste lo suficiente, con el tiempo todo parece el producto de un plan a largo plazo que ha salido bien.

Por el camino ha habido conflictos, desplantes y acuerdos de última hora. Las «sillas vacías» de De Gaulle, el «no, no, no» de Thatcher, la reciente controversia de los refugiados y los inmigrantes. Los billetes de euro están ilustrados con monumentos imaginarios, porque era imposible poner de acuerdo a los países miembros acerca de cuáles de los reales eran los más importantes. Bruselas obligó a los irlandeses a repetir un referendo porque habían votado lo que no debían, y Alemania hizo pagar a los griegos por lo que en realidad era culpa de una moneda única mal concebida. Al fin y al cabo, las páginas en blanco del Tratado de Roma se habían firmado a la sombra del gigantesco fresco de Giuseppe Cesari que representa la lucha fratricida entre los Horacios y los Curiacios. De hecho, como el retrato de Dorian Gray, el fresco de Cesari se había ido deteriorando a lo largo de estos años. Como la propia Unión, estaba agrietado y con filtraciones de agua, y ha habido que restaurarlo a toda prisa para este sexagésimo aniversario.

Pero el hecho es que la UE ha sobrevivido, lo que, a los sesenta años, empieza a ser la prioridad y un gran logro en sí, tanto para las personas como para los proyectos políticos.

El caso es que a sesenta años vista ya no está claro si aquello de las hojas en blanco fue un buen o un mal presagio. Quizás anunciaba un vicio que el proyecto europeo nunca ha conseguido sacudirse: la peligrosa tendencia de los líderes a creer que han recibido un cheque en blanco, una licencia para hacer y deshacer a su antojo sin consultar nunca a los ciudadanos. O quizás, siendo más optimistas, aquellas páginas inmaculadas querían decir que todo está por hacer.