Authorization Required

This server could not verify that you are authorized to access the document requested. Either you supplied the wrong credentials (e.g., bad password), or your browser doesn't understand how to supply the credentials required.

La fascinación de la cultura con él terminó en amargo desencanto

La Voz REDACCIÓN / LA VOZ

ACTUALIDAD

JOHAN ORDONEZ | Afp

El caso Padilla, en 1971, fomentó la deserción de buena parte de los intelectuales que apoyaban al castrismo

27 nov 2016 . Actualizado a las 08:58 h.

El romance entre intelectuales y artistas y la revolución cubana encarnada en su líder se rompió abruptamente el 27 de abril de 1971 ante medio centenar de testigos y con una cámara de cine filmándolo todo. Durante los años 60, Cuba había representado la utopía, el paraíso del arte y el pensamiento asentado sobre un régimen que quería acabar con las desigualdades y prometía el cielo en la tierra.

Como sucedió durante los años 20 en la URSS, escritores, cineastas, filósofos y creadores de todos los ámbitos visitaron la isla y regresaron maravillados. Cuando Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir contaron en París cuanto habían visto en La Habana y calificaron a Fidel Castro de amigo, la revolución alcanzó su cénit.

Pero esa noche de abril, la fascinación se disipó. Un escritor de 39 años llamado Heberto Padilla, galardonado tres años antes con el premio más importante de la poesía cubana, leyó con la entonación de un mal actor una confesión de culpa que sonaba a pactada con los comisarios políticos del régimen: «Yo he injuriado constantemente a la Revolución».

Para entonces, la presión sobre los intelectuales era de sobra conocida. Nicolás Guillén, el poeta del son, entonces presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), jugó un papel miserable para alguien de su talla literaria. Ajeno a toda épica, y desde luego a la lírica, había ejercido de correveidile del Gobierno para que se negara el pan y la sal a Padilla y algunos más que empezaban a criticar tímidamente al régimen. Incluso el embajador de Chile, el también escritor Jorge Edwards -nombrado por Salvador Allende- fue invitado a irse.

Dieciocho días antes del juicio-farsa a Padilla, Le Monde publicaba una carta de repulsa dirigida a Castro por un grupo de intelectuales «solidarios con los principios y objetivos de la Revolución cubana». La firmaban los antes tan entusiastas Sartre y Beauvoir, junto a Jean Daniel, Marguerite Duras, Hans Magnus Enzensberger, Alberto Moravia, Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Juan y Luis Goytisolo, Octavio Paz y otros muchos.

En una segunda carta con más firmantes -se sumaron Pasolini, Sontag, Valente y Marsé, por ejemplo- , se mostraban menos comprensivos. «Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera», anunciaban.

Las últimas persecuciones

García Márquez, por su amistad inquebrantable con Castro, no la firmó. Cortázar, que tampoco lo hizo, envió otra a Haydée Santamaría, directora de Casa de las Américas, tan ambigua que no queda claro de qué lado estaba. A partir de ahí, el número de intelectuales cautivados por la revolución cubana cayó en picado.

Hubo una cierta liberalización en los años 80, pero la grave situación económica de los 90 supuso una vuelta a la represión más dura. En 2003 fusilaron a tres personas que secuestraron una lancha para dirigirse con ella a EE.UU. y en plena ola de persecución de disidentes encarcelaron a 75 de ellos, incluido el poeta Raúl Rivero. Entonces, José Saramago dijo basta. Y Eduardo Galeano, otro de los pocos aún fieles a La Habana, lo resumió en un «Cuba duele». Para entonces, el gran Cabrera Infante ya llevaba muchos años exiliado.