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El ciberacoso y el autoengaño

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado ESCRITOR Y PERIODISTA

ACTUALIDAD

Ed

Empieza el nuevo año escolar y con él todas las cosas que son tradicionales de estos días: los madrugones, las prisas, el olor de los libros nuevos, el reencuentro con los amigos y, por supuesto, el acoso escolar

24 sep 2016 . Actualizado a las 10:14 h.

Empieza el nuevo año escolar y con él todas las cosas que son tradicionales de estos días: los madrugones, las prisas, el olor de los libros nuevos, el reencuentro con los amigos y, por supuesto, el acoso escolar, que cada curso se renueva para miles de chavales; o mejor dicho se prolonga, porque vivimos en una era privilegiada en la que, gracias a Internet, no existe tregua para nuestras tribulaciones ni nuestros trabajos.

Aquí es donde me apresuro a incluir esa frase obligatoria cada vez que se dice algo, aunque sea ligeramente negativo de Internet: «Pero es un gran avance y tiene muchos aspectos positivos». Amén. Es verdad. Aunque quizás ya va siendo hora de que tengamos una relación un poco más madura, menos maravillada, con este invento que, después de todo, no es tan reciente (se generalizó hace más de veinte años ya). También el coche fue un gran avance, pero nos hemos preocupado de crear unas normas muy estrictas sobre cómo se puede conducir, con límites de edad, controles exhaustivos, un aprendizaje obligatorio?

Por supuesto, nada de esto es imaginable en Internet, que nació como una utopía entre hippie y ultraliberal. Ahí todo se fía al autocontrol del usuario de cualquier edad. Esa sigue siendo la respuesta de los expertos, profesores, padres y policías que desfilan estos días por los medios para hablarnos del ciberacoso. Repiten una y otra vez el mismo discurso bienintencionado: los niños deben usar las redes sociales de forma responsable, no deben comunicarse con desconocidos, no hay que dar datos personales... Pero el hecho es que las redes sociales están construidas para promover precisamente el contacto con cuanta más gente desconocida mejor, y para que uno dé todos los datos posibles. Al fin y al cabo, son productos comerciales de empresas de publicidad y viven de recopilar nuestros datos. Nosotros somos la mercancía que venden. Y el hecho es que Internet es un avance, pero también es adictiva, es su naturaleza. No podemos afirmar una cosa sin ser conscientes de la otra.

La solución obvia para poner fin al ciberacoso sería impedir a los niños el acceso a las redes, como se les impiden tantas otras cosas. Naturalmente, todos sabemos que eso es imposible en la práctica. Pero para mí lo interesante es justamente eso, por qué es imposible.

Lo es, para empezar, porque se trata de un negocio fabuloso que tiene una capacidad enorme para proyectar un perfil favorable de sí mismo pase lo que pase. Lo es porque ese mismo poder de las empresas que dirigen las redes garantiza que esta industria que nació como un experimento de liberalización absoluta no podrá ser regulada por un Gobierno. Lo es porque para políticos y educadores, la imagen de modernidad que ofrece lo digital es una tentación irresistible, aunque nadie haya conseguido explicar de verdad en qué mejora la experiencia docente. Lo es, en fin, porque todos estamos enganchados a Internet, igual que los niños a los que pretendemos dar lecciones de autocontrol y prudencia. Nuestra curiosidad, nuestro deseo de relacionarnos, son instintos muy poderosos y las redes sociales nos proporcionan un sucedáneo eficaz y menos trabajoso de esas experiencias.

No voy a decir que del ciberacoso todos somos responsables, porque es una frase que no me gusta en general y que no conduce a nada. Es un hecho que una vez adoptada una tecnología, la sociedad no puede prescindir de ella. Pero sí creo que deberíamos dejar de engañarnos a nosotros mismos fantaseando con la idea de que existe un uso responsable de las redes sociales. No nacieron para eso.