El viernes pasado, cuando apareció en televisión, Muqtada al Sadr no llamó concretamente a tomar el Parlamento iraquí, pero el subtexto estaba claro para sus seguidores, que ayer se adueñaron del legislativo, precipitando al país a una nueva crisis política. Es la culminación de un pulso que comenzó en febrero con manifestaciones masivas y que supone el regreso a primera línea de la política de la figura importante y misteriosa del clérigo Muqtada al Sadr, después de varios años de relativo silencio.
Esta es solo la última de las encarnaciones de Al Sadr. Poco después de la invasión norteamericana que derrocó a Sadam Huseín, Muqtada emergió como un líder nacionalista que reclamaba la retirada inmediata de las tropas extranjeras. Su milicia, el Ejército del Mahdi, aunque ostensiblemente chií, luchaba entonces aliada con los suníes que combatían a los norteamericanos en Faluya. Cuando logró un compromiso de Washington para retirarse en una fecha concreta, se convirtió en un héroe nacional. Pero dilapidó parte de ese capital cuando su milicia se vio envuelta en la salvaje guerra sectaria entre chiíes y suníes entre el 2006 y el 2008. En honor a la verdad, a este episodio siguió una severa autocrítica en la que Muqtada disolvió el Ejército del Mahdi y anunció su retirada de la política. Desde entonces ha estado recluido en la ciudad santa de Nayaf, dedicado al estudio.
Pero siempre se había sospechado que este año sabático era una retirada táctica. Aunque procede una de las familias más importantes del chiismo iraquí, Muqtada, con 42 años, no ha tenido tiempo para subir en la jerarquía religiosa. Esto le ha obligado a actuar a la sombra del ayatolá Al Sistani. Hay quien piensa que sus estudios iban encaminados a convertirse en ayatolá él mismo para poder actuar de manera más autónoma y convertir su popularidad en poder ejecutivo.
Esa popularidad se hizo más que patente cuando encabezó el pasado febrero una manifestación de cien mil personas para exigir reformas al Gobierno. Los soldados que tendrían que haberle cerrado el paso a la Zona Verde de Bagdad se abrazaron a él. El general al mando, en vez de arrestarlo, le besó la mano y se hizo un selfie con él.
¿Qué reformas pide Muqtada? Fundamentalmente, el fin de las cuotas para partidos en el Gobierno, que han sido la base del equilibrio entre facciones hasta ahora pero a las que muchos iraquíes culpan de la corrupción y la parálisis en la lucha contra el Estado Islámico. El primer ministro, Al Abadi, se comprometió a cambiar eso en agosto del año pasado sin que haya habido avances. Puede que Muqtada tenga también otros objetivos, como recuperar el terreno perdido frente a otras facciones chiíes que han aprovechado la lucha contra el Estado Islámico para ganar poder.
En principio, la protesta es justa y no va dirigida contra el Gobierno de Al Abadi, sino contra la corrupción de los partidos. Pero en una democracia, incluso en una tan disfuncional como la iraquí, la toma por la fuerza de un Parlamento no suele augurar nada bueno.