La estación de autobuses se utiliza para más actividades que las propias de los viajeros Sólo hay que sentarse pacientemente en un banco y esperar para percatarse. La acción nos recuerda al «Espía que surgió del frío», famosa novela de John Lecarré. Y es que, en una primera impresión, el avezado observador creerá que la estación de autobuses se ha convertido en un nido de espionaje internacional. Son las 20.45 pm, las 23.45 en Moscú y una decena de individuos pululan entre dársenas y taquillas. No se conocen, pero intercambian miradas y alguna que otra seña _sin duda un mensaje cifrado en código ultrasecreto_. Uno sigue disimuladamente a otro que aparenta indiferencia, pero reduce su paso para dejarse vigilar de cerca. Los hay de todas las edades y extracción social, pero con unos rasgos característicos propios de los grandes agentes secretos: misterio, discreción y anonimato.
RAMON CAPOTILLO