Ganar a Nadal es como querer descolgar a Harold Lloyd de su reloj. Puedes conseguirlo, pero mentalmente ha ganado él. Un minuto es un muro. Si Nadal jugase al ajedrez, el tiempo sería de piedra. Murray terminó de acuchillar al corajudo de Del Potro desde las heridas de la empalizada de la semifinal con Nadal. Rafa es la encarnación de El Álamo. Es el hombre que resiste. Nadal no es que haya sido un ejemplo en estos juegos. Es el ejemplo. Nadal ya nos había abierto la boca contra el fulgor de Federer. Jugó contra el reloj suizo, el genio perfecto que daba las horas, los cuartos y la media en punto en cada golpe, como vestido con el esmokin de Fred Astaire sin sudar, y hasta le consiguió vencer en Wimbledon. Nadal gusta por la lucha y porque no es ortodoxo. Es siux. Es tribu. Se saca el pantalón del orto, en argentino, golpea a veces como un maestro herrero. Pero lo que emociona de Nadal es la actitud, no la aptitud. Emilia Pardo Bazán, qué escritora desperdiciada en Galicia y en el mundo, dijo que la inercia es una fuerza fatal. La inercia en el sentido de fatalidad, de abandono. Nadal es el antivirus de la inercia. Es el titán, es el tipo que ficha por las mañanas, el que cierra la oficina y recoge las toallas. Y encima devuelve todo, hasta lo imposible, como todos esos españoles que van cada mañana a trabajar para pagar los créditos. Nadal bebe sudor. Si usase gomina, sería la de Superman. Si fuese un Velázquez, sería uno de los currantes de La fragua de Vulcano. Una roca con sentimientos. Ojalá fueran así nuestros políticos inertes.