Lo que le faltaba a los padres. En el oficio de padre hay un importante cometido que es hacer de chófer o taxista de tu hijo. Él se divierte y tú lo vas o buscar, lo llevas y lo traes. Primero, por las actividades durante el día. Cuando crecen, para recogerlo entero por las noches. Las tareas de padre se multiplican hasta el infinito y más allá. Pero ningún padre, por entregado que sea, contaba con que le llegaría un verano como este. El verano de la fiebre de los pokémons. Hasta sucesos provocan. Están en todas partes, los pokémons y los nińos, críos, adolescentes, jóvenes y hasta adultos que los persiguen. Las figuras aparecen en cualquier lado. Y allá van todos detrás. También el padre. El lío viene cuando quien persigue a esos bichos es un nińo. Un chaval que no tiene la edad para andar por ahí de caza solo. Ahí es cuando surge el padre, nunca bien valorado, que cede ante la presión y que se pone al volante para recorrer la ciudad buscando pokémons. Amigo, otra cosa que jamás pensabas llegar a hacer. Ahí estás subido con el chaval que te dirige de aquí a allá, con todos los sentidos puestos en la conducción para no provocar un accidente, con los giros que el jefe al mando, sentado atrás, te va dictando desde sus ojos que arden mirando la pantalla del móvil o la tableta. «Para en este parque, aquí puedo cazar un Balbasour y subir de nivel». Al escuchar lo del nivel, ese padre demasiado entregado (demasiado ciego, o no, por el amor a su hijo, un amor que jamás le devolverá) piensa en el inevitable juego de palabras y reflexiona para sí, sin cortar la sonrisa de su chaval: «A nivel más bajo no puedo caer yo».