Lo peor desde la noche del jueves nos lo sabemos de memoria. Lo peor desde Bataclan, desde Londres, desde Madrid, desde las torres gemelas, lo tenemos chapado para siempre en nuestras cabezas. Pero lo peor también son los bombardeos en Libia, en Siria. Amontonamos muertos. Lo mejor es a lo único que uno quiere mirar de Niza. Lo mejor es la solidaridad inmensa que nace del ser humano cuando se vive una atrocidad. Lo mejor es ese hashtag de los vecinos de la ciudad diciendo que abrían sus puertas, las puertas de sus casas, para que encontrasen refugio todos, turistas o franceses, que estuviesen perdidos por el impacto de la masacre. Lo mejor son las donaciones. Todas las donaciones. Lo mejor son otra vez las redes sociales gracias a las que unos padres encontraron a su bebé, al que creían que jamás verían con vida. Y, en estos días de debate sobre esas redes sociales, vuelve a quedar en evidencia que las redes son solo unas herramientas y, como cualquier herramienta, según el uso o el abuso que se les dé, pueden ser una maravilla o un desastre. Internet sirve para que los vecinos abran sus casas a los que precisan ayuda. Pero también para encontrar las instrucciones de cómo se hace una bomba. Un rallador de zanahoria puede desfigurar una cara o ayudar a hacer una maravilla de ensalada. La decisión está en la persona. Atentar o ayudar. Insultar o ayudar. Un tráiler se puede conducir para llevar alimentos o para destrozar a cientos de familias.